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Relatos de Vecinos sobre Villa Adelina
 
De alicia-  Fecha: 07/08/2010
martin rodriguez

para ti carmelo de donde estes ...lo mejor de mi vida fue haber vivido en villa adelina.tu gran amor tu hijo y muchisima dignidad.soy uruguaya y ya pasaron 30 años...el vivira siempre en mi recuerdo y en mi corazon.
De Mónica Pastorini-  Fecha: 13/05/2010
¿Un balneario en Villa Adelina?

¿Balneario en Villa Adelina? Corría el año 1958. A seis cuadras de mi casa estaba la Laguna de los Patos, en la actual Yerbal y Thames. Allí nos llevaba mi mamá cuando mi padre, Carlos Pastorini, tenía que descansar. Él era quintero y por la noche llevaba con su hermano Pedrito las verduras que cosechaban, al Mercado Dorrego. Por eso la hora de la siesta era sagrada. Para evitar que, con nuestros gritos, llantos, etc. propio de dos nenas de 3 y 4 años, interrumpiéramos el sueño de mi papá, mamá tomaba el cochecito de mi hermana. A ella la sentaba ahí y yo iba parada al costado. Seis cuadras íbamos caminando hasta llegar a la laguna. Desde Thames y Lamadrid aún puede percibirse el declive hacia Yerbal, que en ese entonces estaba cubierto de agua y plantas acuáticas, entre las que se destacaban las flechas de agua. En sus aguas nadaban patos marrones y alguno blanco, que despertaban nuestro asombro, y aunque sea, por un ratito, nos mantenían entretenidas y expectantes. La directora de la escuela San Andrés Avelino donde trabajo en la actualidad, Sra. Miguelina D’Andraia, me contó que esas zonas bajas llegaban a lo que hoy es Martín Rodríguez y que su esposo cazaba allí ranas. Cuando llovía con intensidad había más de un vecino que se dirigía en bote hacia las zonas altas. “La isla” era una de esas tierras elevadas, ubicada en lo que hoy es P. Moreno y Martín Rodríguez. Cerca de ella no era raro encontrar los domingos de verano gente tomando mate y algunas señoras se aventuraban a ponerse la malla, quedando la orilla de la laguna, en la Islita, transformada en un balneario local. Tal es el caso de la Sra. Pirocha, nuera del Sr. Luis Abriata, a quien le fue tomada una foto allí, luciendo su traje de baño. Con el paso del tiempo esa zona baja se fue poblando de casitas muy modestas. El Dr. Julio Alberto Ghersi solía atender a esos primeros habitantes en forma gratuita, conociendo las necesidades económicas por las que atravesaban. (Agradezco al Sr. Miguel Ángel Lafuente por los datos aportados) Yo no sé si la gente compraba los lotes o simplemente los iban ocupando. Lo cierto es que cuando llovía el agua se les metía en las casas, por eso, los más previsores, empezaron a rellenar los terrenos. Transitando Yerbal se pueden ver las casas más altas que el asfalto. Incluso en algunas de ellas han levantado en las puertas de entrada un pequeño tabique de material para impedir que el agua pase y las casas se inunden. Hablo en presente porque aún hoy, si las lluvias son muy intensas, los desagües no son suficientes, y la zona se inunda, como en los peores tiempos. Pasaron muchos años hasta que por fin las autoridades, decidieron terminar con las inundaciones en la zona. Recuerdo que muchas veces no podíamos tomar el colectivo 5 (actual 700 rojo) por el nivel de agua que se acumulaba en Thames y Yerbal y zonas aledañas. Construyeron importantes desagües que dieron un respiro a las casas del lugar. Pero la caída natural del terreno persiste y, como ya les mencioné, si cae una intensa lluvia, los desagües no llegan a ser suficientes ( pasó en febrero de este 2010). Ya escribiré sobre otros balnearios, visita obligatoria los días de verano, a orillas del Río de la Plata, en San Isidro y Martínez. Pero quise empezar por este balneario, el de nuestros pagos que, tal vez, muchos de los que aún viven en la zona tuvieron la dicha de conocer, y la mayoría que hoy habita el lugar desconoce. Mónica Liliana Pastorini mlpastorini@yahoo.com.ar
De Mónica Liliana Pastorini-  Fecha: 09/04/2010 23:31
El pronosticador del tiempo

El cielo a veces límpido, celeste o turquesa, otras con tonos violáceos, rojizos y anaranjados sobre todo al atardecer; otras con nubes caprichosamente divertidas o amenazantes, frías o suaves como el corderito, algodonosas, o como se nos ocurran. Mi mirada puesta ahí, cuando me levanto, cuando me acuesto, mientras voy en colectivo al trabajo, esperando el colectivo en la estación de Villa Adelina o Panamericana, donde el cielo se puede apreciar en su mayor amplitud. Nací en el mes de junio, por eso soy de géminis, que es un signo de aire. Mucho tiempo pensé que era por eso lo reiterativo de mi mirada. Pero ahora pienso que no. Los hijos terminamos repitiendo, mal que nos pese reconocerlo, muchas actitudes de los padres, sin ser concientes de ello. A veces son virtudes, otras veces defectos, costumbres, manías, gestos, maneras de caminar, etc. Hoy reconozco que heredé de mi padre el interés por el cielo. No soportaría vivir en un lugar, como esos departamentos de la ciudad de Buenos Aires, desde cuyas ventanas sólo se ven paredes, otras ventanas, y que, apenas, en determinado horario, se filtra algún rayito de sol, que desaparece a los pocos minutos, para seguir su recorrido. Comienzo a recordar. Eran las seis de la mañana y papá se levantaba y se preparaba para ir a trabajar a la quinta. Mientras la pava se calentaba para cebarse algunos mates, abría la puerta de la cocina, caminaba unos pasos y miraba el cielo. Primero al norte, luego al oeste, al sur y finalmente al este, por donde aparecería esa estrella gigante llamada Sol. Esa mirada era suficiente para saber si el tiempo sería bueno o no. Y en esos 360 grados, saber de dónde venia el viento, si lo hubiese. Mirada y tacto, dos instrumentos indispensables para que este quintero, y seguramente como para la mayoría de ellos, pudiera, en ese primer encuentro con el día, organizar sus actividades. Con buen tiempo se podía arar, sembrar, cosechar. Si amenazaba lluvia no sería necesario regar. Si la idea era sembrar, había que apurarse antes que lloviese. Les vendría bien a las semillas “un golpe de agua”. Al mediodía después de almorzar, se recostaba un rato y luego se levantaba. Mientras tomaba unos mates abajo del paraíso, sentado en su sillita baja de paja, miraba el cielo. A veces otras señales lo ayudaban a pronosticar el mal tiempo: el perro panza arriba, las gaviotas que volvían al río antes de las cuatro de la tarde, que en invierno es su horario habitual; las golondrinas revoloteando bajito.El decía que si la luna nueva se hacía con agua continuaba el mal tiempo por muchos días. Si el mal tiempo se componía de noche, iba a seguir lloviendo, lo mismo si caía una helada después de una lluvia. Rara vez el pronóstico le fallaba. Cuando cantaba la rana o el gallo fuera de hora, el tiempo desmejoraba. Cuando era abundante el rocío por la mañana eso era indicio de buen tiempo. Hay que recordar que alrededor del 1960 Villa Adelina, partido de San Isidro, tenia el 98% de las calles de tierra con zanjas donde se criaban los renacuajos de ranas y sapos, La quinta de los Abriata y la gran cantidad de lotes baldíos, permitían ver el horizonte, con la posibilidad de una rica vida silvestre. En el barrio contábamos además con el molino de la casaquinta de Thames y Pedernera que nos orientaba sobre la dirección del viento al igual que las veletas con los gallitos, que muchas casas tenían. Habían indicadores seguros de lluvia próxima: las chapas del techo secas al amanecer, el viento del este soplando fuerte durante días, el cielo cubierto de nubes como majada de corderitos. En cambio el viento del norte traía seca. Recuerdo una vez, un cálido día de marzo, que papá se levantó de dormir la siesta y, tras mirar el cielo, anticipó: “se viene una tormenta brava”. Y expresó ahí su preocupación: ese año había dejado varias mergas (parcelas de terreno) de chaucha para semilla. O sea: no había juntado las vainas para vender, sino que las había dejado para que maduren completamente en las plantas, así se aseguraba la provisión de semillas para la primavera, y se evitaba tener que comprarlas. Ni lenta ni perezosa, mi mamá, Antonia Kortebani, se cambió, preparó un bolso con algo para tomar y algo para comer, y también ella rumbeó para la quinta, que quedaba a más de diez cuadras de nuestra casa de Villa Adelina. Eran tierras que Alicia Buffa había heredado de su padre, y que Carlitos Pastorini, mi papá, cultivaba desde hacía bastante tiempo. Primero había estado allí con mi tío Pedro Pastorini, pero luego, cuando el tío decidió dejar la actividad, se quedó él solo con la quinta. El trabajaba, cosechaba, vendía lo que cosechaba, y se repartía con Alicia parte de las ganancias y de los gastos. Ese día pasó algo asombroso: cuando mamá terminó de juntar la última chaucha para semilla, se largó la lluvia. Alcanzaron a refugiarse en el invernáculo, donde Alicia, después de la muerte de su esposo, Miguel Mari, cultivaba flores. Antes don Miguel, cultivaba helechos plumosos para vender en el mercado de flores. Y allí, desde ese lugar vidriado, Alicia y mis padres, miraban asombrados “la tormenta que se había largado”. - Tenías razón, Carlitos _ dijo Alicia que en un primer momento no había creído en la palabra de él. -Y… son años- fueron las palabras de mi padre. Hoy día el hombre de campo encuentra en Internet, los noticieros, tanto de la radio como de la televisión, el pronóstico del tiempo minuto a minuto. Pero a pesar de la nueva tecnología y adelantos de la ciencia, no dudo en que siguen mirando el cielo… Mónica Liliana Pastorini mlpastorini@yahoo.com.ar
 

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